A Bernardo, tras sus pasos por las frías estepas...
Hay ciertas ocasiones en que se hace imprescindible asirse a las palabras. Modular algo que tenga cierta lógica, o por último, gracia. Da lo mismo; lo importante es decir algo, cualquier cosa que ayude a soltar este nudo que me tensa el estómago y que amenaza con estrangular hasta la última de mis tripas. Y cuesta. No es llegar y sacar la voz... es culpa del aire... este aire denso y caliente en pleno Febrero, que me hace boquear como un pescado anclado en la arena, sin que consiga emitir alguna idea coherente. ¿Coherente? - ¡Mira Tano... parece que hay relámpagos! Difícil, a menos que se trate de alguna tormenta eléctrica extraviada de su estación, es muy difícil, por no decir completamente increíble. Tú, casi me miraste - lo juro, fue casi - y con una mueca-sonrisa a medias, colgada del filo de tu rostro me dijiste: Es la pantalla, chica. La pantalla gigante de la esquina que tiene demasiado brillo. - ¿La pantalla? - No obtuve más respuesta de tu parte, y seguimos caminando por Mac Iver hacia la Alameda mientras la negra espesura de la noche era fileteada en cientos de cortes irregulares al compás caprichoso de los haces de luz. Relámpagos, Tano... ¿Y por qué no? ¿Acaso en esta noche no pueden ocurrir milagros? Los milagros existen Tano, pero con otro nombre: accidentes, azares, bonanzas, castigos, ¡Qué sé yo! Pero, de que pasan cosas que te elevan del suelo y te transforman - como se supone que deben ser los milagros - pasan. Llegando al paradero ya no hubo excusa para seguir caminando con la vista al frente para no mirarnos. -¿Viste chica? Ahí están tus relámpagos. Y se venden de todas marcas... - ironizaste, haciendo alusión a los sucesivos comerciales que se rotaban en la pantalla. Yo aproveché a sonreír, un poco amostazada por mi tontera, mas, en el fondo sabía que el motivo era otra excusa para enfocar mi vergüenza hacia algo superficial, sin descender a lo incierto. La cagamos Tano... Siento que la cagamos, así como suena. Y no te lo digo en voz alta porque me da miedo tu respuesta, como me da miedo todo lo que venga de aquí en adelante. Ahora, es el "atrás" le que me pesa y lo que ya no podemos cambiar. Y conste que íbamos bien. Íbamos. Es la verdad: me da pena y rabia decirlo. Si no fuera así, ¿por qué siento esto? Y tú, ¿por qué te ves como te ves? Pareciera que se te hubiera perdido algo, o al contrario, que se te hubiera caído algo encima... la pena, la culpa, no sé, pero no te pasó sólo a ti: fue a los dos. Mejor dicho, nos caímos Tano, nos caímos juntos y ¡Cresta! ¿Qué quieres que te diga? Yo también estoy asustada y también siento culpa. Sobre todo, yo: fui la que quiso saber. -¿Qué tienes chica? - El tono preocupado de tu voz me volvió a la realidad. - Nada, ¿por qué me preguntas? - No sé... estás como encogida. Como si estuvieras muerta de frío... y no puede ser ¿no? - bromeaste, sin perder la ternura de tu voz. - No, para nada. ¡Se te ocurre...! - contesté tratando de aparentar la misma desenvoltura de siempre. Pero, tienes razón, estoy muerta Tano. Estoy muerta, pero no de frío ni de cansancio: estoy muerta de asombros y de incógnitas por resolver. Esta noche, contigo he muerto y renacido repetidas veces. Nos hemos hecho y rehecho uno al otro en incesante descubrimiento, y estuvo mal, lo sé... pero, también estuvo bien. No se puede vivir colgando de un hilo o al filo de la navaja. Alguna vez, o se corta, o te tienes que cortar. Y... Fue bueno Tano, no sé si "bueno" o necesario. Si no, ¿cómo explicar lo que pasó? Es la soledad que se pega Tano, y es mucho peor cuando se pega con otra, cuando se reconoce a sí misma en otro cuerpo. Entonces, se engolosina Tano, se hambrea, te absorbe, te estruja y te chupa hasta los huesos. Y tú lo hiciste bien... tal y como lo dictaba tu soledad. Te pegaste, hasta que no quedó ni un respiro entre los dos... y me chupaste bien Tano, como lo había soñado mi propia soledad. Me escarbaste hasta acabar con todos mis secretos y... ¿Qué querías que hiciera? Soy dúctil, ¿lo recuerdas? Se me puede moldear al calor y antojo del momento, y en ese momento, mi antojo eras tú, o más bien dicho, la cicatriz de tu espalda. ¿Cómo te lo decía? Imposible. No se le puede decir a un amigo: "tengo antojo de lamer tu cicatriz ". No suena bien ni decoroso. Pero allí estaba Tano, frente a mis ojos, al alcance de mis manos y al antojo de mis deseos. -"Voltéate un momento... - te pedí - deja que aprenda tu sabor..." Entonces fue. Cuando te vi boca abajo, desnudo, con los brazos ligeramente extendidos y la ansiada cicatriz a mi disposición, que tuve esa visión... eras un Cristo Tano, todo el dolor de un frágil Cristo de cicatriz invertida, estaba frente a mí. No me quedaba otra cosa: te amé con el amor que jamás se le debe dar a un Cristo, porque, él es un mito y en cambio tú, bajo mis piernas, con mis senos recorriendo tu espalda, eras real. Eras la representación verdadera de todo el dolor del mundo hecho amor. No me quedaba otra cosa que amarte Tano, y gozarte, gozar a concho como lo mandan majaderamente los rosarios de misterios gozosos. No existe goce más intenso que develar los misterios inalcanzables, aunque por ello, haya que pagar un precio. En nuestro caso, eso se está viendo... De allí mis miedos Tano, de allí tu culpa. De allí nace esta certeza que se me ahoga en la garganta queriéndote gritar: ¡Puchas Tano, la cagamos! Pero, qué se le va a hacer... - ¡Mira, ahí viene tu micro! Un beso... nos vemos. Lo demás, se verá después. Después de todo estaba dicho: nadie puede follar con un Cristo y salir indemne.
Amanda Espejo
Quilicura - octubre - 2005



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